EL LAZARILLO Y EL HUERTO QUE ENSEÑABA A COMPARTIR

Si nos paramos a pensar en nuestro día a día, vemos que caminamos entre coches, asfalto y edificios. Es el paisaje al que estamos acostumbrados. Sin embargo, en medio de ese entorno tan urbano a veces olvidamos algo muy sencillo: los alimentos que comemos no aparecen en las estanterías del supermercado. Antes de llegar allí han crecido en la tierra, gracias al trabajo de muchas personas y al cuidado de la naturaleza. 

Por eso creemos que educar a los niños desde pequeños en el respeto por el medio ambiente, la agricultura y la importancia de una alimentación saludable es una tarea esencial. En un mundo cada vez más rápido y competitivo, queremos que nuestro colegio sea también un lugar donde nuestros alumnos aprendan otros valores: la responsabilidad, el cuidado del entorno, la empatía hacia todos los seres vivos y la importancia de compartir. Todo ello, además, muy unido a los valores franciscanos que Madre Carmen nos dejó como herencia y que forman parte de nuestro carisma educativo.

En este sentido, el huerto escolar se ha convertido para nosotros en un recurso educativo muy valioso. En él, nuestros alumnos de infantil pueden observar algo que a muchos adultos ya se nos olvida mirar: cómo germina una semilla, cómo crecen las plantas y cuánto cuidado necesitan. Poco a poco van descubriendo de dónde vienen los alimentos y comprendiendo que una alimentación sana está muy relacionada con la naturaleza.

A partir de esta experiencia nació también la idea de unir el trabajo del huerto con la literatura. Tomamos como punto de partida “El Lazarillo de Tormes”, una obra clásica que nos presenta a Lázaro, un niño que muchas veces pasa hambre y que tiene que buscar la manera de salir adelante.

En nuestra adaptación teatral, titulada “El Lazarillo y el huerto que enseñaba a compartir”, imaginamos que Lázaro se encuentra con nuestros alumnos en el huerto del colegio.

Allí descubre algo nuevo para él: que muchos alimentos nacen de la tierra, que las plantas necesitan agua, sol y cuidados, y que cuando trabajamos juntos los frutos pueden compartirse entre todos.

A través de esta pequeña historia hemos querido transmitir a los alumnos de Infantil una idea muy sencilla: la alimentación saludable comienza en la naturaleza. Sembrar, regar, observar cómo crecen los tomates, las lechugas o los pimientos y recoger después los frutos permite comprender que cuidar la tierra también tiene que ver con cuidar nuestra salud.

Además, el huerto se convierte en un espacio donde aprender a trabajar en equipo. Cada alumno participa en el cuidado de las plantas, aprende a respetar los tiempos de la naturaleza y descubre que cuando todos colaboramos el resultado es mejor para todos.

En definitiva, buscamos transmitir un mensaje claro: cuidar la naturaleza es también cuidarnos a nosotros mismos. Igual que Lázaro descubre en la historia que compartir hace crecer no solo los frutos, sino también el corazón, nuestros alumnos comprenden que una alimentación sana, el respeto por el entorno y la colaboración son pasos importantes para construir un futuro más saludable y sostenible.

Y así, cuando nuestro pequeño Lázaro se despide del huerto, nos deja una reflexión que resume todo lo aprendido:

“Quizás este huerto me ha enseñado algo más que a comer… me ha enseñado a vivir mejor.”

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